CANTO A GRAU
CANTO A GRAU
(Juan Ríos)
Yo canto al héroe y a la muerte del héroe,
yo canto a Grau, Comandante del Huáscar,
Capitán de al agonía, triunfador del desastre.
Loados sean en él, todos los héroes de la tierra,
los que escuchan las sirenas de la sangre
cantando en sus oídos,
los que caen del lado de la vida en los fracasos,
los que son cual olas que se estrellan
en las rocas del infinito,
los que miran a la derrota
con la misma sonrisa viril que a la victoria,
los que aceptan morir de pie,
sin preguntar por que motivo,
los que saben jugarlo todo en una sola carta inexorable,
los que no ignoran que la nada es fiel amiga,
los que si no pueden vencer matan la muerte en su cadáver,
los que anhelan ser un yunque para que golpee su destino y cante.
Esta no es una marcha fúnebre,
un lamento vencido,
esta es una marcha triunfal,
para los que sucumben en sus puestos,
para los marinos que mueren erguidos
sobre sus puentes de mando,
para los broncos tripulantes
que yacen en los sepulcros del mar,
para los que escuchan en silencio
las campanas del fondo de las aguas,
para los que muerden su angustia,
como una dulce fruta envenenada
Para los que escuchan en silencio
las campanas del fondo de las aguas,
para los que muerden su angustia
como una dulce fruta envenenada,
para los que aceptan el beso de la fatalidad
sobre la frente.
Es hermoso ganar como quien pierde,
vivir como quien muere,
pero es mas hermoso aún,
perder como quien gana, morir como quien vive,
caer de bruces de la altura,
porque basta un minuto, un latido de las venas,
una voz de la garganta o los cañones,
basta un instante bello para justificar la vida,
basta un ademán de gloria para justificar la muerte.
La suprema embriaguez no se detiene,
los que la alcanzan deben morir bajo sus alas,
está madura su alma para la eternidad terrestre.
El Monitor es pequeño, pero el Océano es grande.
Yo canto al Huáscar, ave que trinaba en los peligros;
yo lo canto de hierro y madera enrojecidos,
con su afilada proa cortando las tempestades del odio;
yo lo canto en su imponente grandeza humana,
rocinante marino, arremetiendo contra rebaños de olas,
contra molinos de estrellas que el alba triste asesinaba.
Yo canto a Grau, cara al futuro en su apoteósica derrota,
Almirante del Perú por los siglos sucesivos;
Yo lo canto, huérfano de la patria en mar adverso,
abandonado hasta la entraña en brazos del destino;
yo lo canto en su hora tremenda,
bajo la suave luz de la mañana,
solitario de la gloria en su función social de pararrayos;
yo lo canto de pie en su acerada torre acribillada,
de pie en esos reflejos en que se parte en dos la vida;
Oh, corsario de los débiles,
Oh, desamparado señor de la esperanza,
Oh, blindada agonía, oh, hermano de los mares,
Oh, severo hijo de la cruz del sur en las audaces correrías,
Oh, fidedigno caballero de la razón en pleno vértigo,
Oh profundo estoico entre las aves y los vientos marinos,
Oh, sapiente, oh estratega de la muerte
dominada en los combates, intuyendo en esas noches
en que la lucidez como un cuchillo corta,
que dura menos alcanzar la victoria que haberla merecido.
Yo no canto el odio estéril, ni el recuerdo del odio,
pero canto a la fraterna sangre de los héroes
y evoco a mi Almirante en el metal azul del cosmos.
El mar choca en las playas, pero la muerte es infinita.
El bello perder el cielo para ganar la tierra,
no anhelar mas ebriedad que la de la sangre,
mas resplandor que el fuego propio;
y es hermoso también, cara a la vida,
navegar serenos por las tormentas del odio,
por las artificiales tempestades de la guerra,
sin protestar si caen contrarios, los dados del destino.
Oh Almirante del Perú, oh supremo fulgor de las tinieblas,
yo quisiera alumbrar para cantarte,
las sendas obscuras de mis venas,
y gritar triunfal esas palabras que nacen en el corazón
y mueren niñas al llegar a los labios que las buscan;
porque hacía falta tu sangre,
tu sublime sangre derramada,
para mirar de frente a la derrota vestida de apoteosis
y cubrir de larga gloria, el gran fracaso iluminado.
Salud, salud a Grau, tan antiguo y presente,
caballero sin tacha y sin miedo entre la roca y la muerte,
águila del mar que la serpiente marina aprisionara.
El alma no duele cuando los labios cantan,
era un hombre para la paz nacido,
su mano era cordial y suave su sonrisa;
no era alto de estatura, hablaba poco,
pero amaba a su paisaje de tristes arenales,
a su desolado país entre el océano y la selva acorralado.
Fue marino porque así lo quiso el mar,
su palabra era firme como una lanza,
blanca y directa como una espada;
hacía siempre lo que había que hacer,
cumplía órdenes a fuer de gran señor, sin discutirlas nunca;
sabía apreciar al enemigo,
admiraba el valor en cualquier parte,
recogía a los náufragos, saludaba a los vencidos,
se conmovía de puro hombre por los otros,
era severo y justo con los suyos,
iba a la guerra como a un baile con la muerte.
Con todas las causas perdidas del mundo a cuestas, sin decirlo,
poniendo en singular, muchas plurales angustias acalladas,
Nadie sabía si le pesaba o no en el corazón
su destino de acero, “corazón de flor” se hubiera dicho,
“corazón iluminado”;
pero él llevaba clavado
algo así como picos de cuervos en el pecho
y algo implacable como un sepulturero,
ahondaba el surco debajo de sus ojos,
porque el amaba la vida como todos
y sufría al mirar cada vez más muerta a su Esperanza.
Arando el mar para sembrar semilla heroica,
peleaba el Huáscar la mañana final de Punta Angamos,
enardecido, estoico, sereno, solo, humeante,
acorralado, entre el cielo y la costa acorralado,
al tope la bandera coronada de estrellas de pólvora caliente;
quien dijo, quien, que la muerte es solo una,
que la muerte se entrega así nomás al primer venido?,
quién dijo, quien dice aún, quién dirá mas tarde,
que las victoria valen siempre más que las derrotas?
Buen tapete es el mar para los dados del destino,
buena arboleda el Huáscar para el hacha de las llamas,
para los férreos, potentes e invulnerables
acorazados de Chile, leñadores del Pacífico,
talando el templado bosque náutico.
Yo saludo y canto a la curtida tripulación del Huáscar,
a los inconcebibles hijos del fuego
que el agua verde enamorara,
a los sucesivos oficiales que la muerte fue nombrando capitanes,
a los furiosos hombres del cañón y de las jarcias,
a los insomnes vigías ateridos
y a los sinfónicos esclavos del infierno,
los membrudos fogoneros que soñaba el viento libre.
Yo no lloro la tragedia de Angamos, yo lo canto:
el barco es pequeño y el océano es inmenso;
pero la muerte es mas grande y lo contiene todo.
Estaba sublime el mar
cuando sus cabellos llegaron a la muerte.