POEMA DECLAMADO EL 22 JUL 09 EN EL AUDITORIO DE LA MUNICIPALIDAD DE LAMBAYEQ

¡ Viva el Perú Carajo !

  Jorge "Cumpa" Donayre Belaunde

 

 Bueno, ha llegado el momento,

el momento esperado siglo y medio,

para que desde la antigua vasija de mi canto

extraiga este grito de barro estremecido.

 ¡Viva el Perú Carajo!

 

Vivan las espumosas olas,

sobre las que llegó la historia de Dios

en totoras y velas desafiantes.

El océano largo y submarino

de infinitos, profundos habitantes.

El voluptuoso cetáceo, las gaviotas,

las algas, el  bonito y el humilde guanay

que ha digerido a millones de libras esterlinas.

Este es mi mar, mis islas, mis arenas,

mis remos, mis atardeceres y mis redes.

 ¡Viva el Perú Carajo!

 

Viva este monumento de piedras

levantado sobre cimas de la eternidad

donde el tiempo no se atreve a morir.

Viva esta huaca donde anduvo

la raza de los viejos abuelos,

abuelos a la vez de 8 millones de serranos,

que quedan allá arriba, prendidos de las cumbres;

y aquí abajo, servidumbre barata

de las casas de Lima, mozos del mayorista,

ebrias, turbias postergadas gentes de las barriadas,

emolienteros, vendedores de frutas, carretilleros,

público sudoroso de los coliseos,

chimpunes, driles y camisas de mugre.

 ¡Viva el Perú Carajo!

 

Este río es peruano,

y es su cuna, una huraña fuente

enclavada en la cumbre

que vacía y llena el hechizo del cielo,

gota a gota o en tempestuosas lluvias.

Viene en su lecho con limos y polvos minerales,

sembrando valles, preñando y alumbrado,

padre y madre a la vez,

la vida del hombre y de las plantas,

los animales, las aves y los peces.

Indios, mariposas,

cholos, blancos, negros, leche, rosas,

todo, todo lo siembra el río,

que baja desde la nube con fuerza creadora.

¡Viva el Perú Carajo!

 

Viva esta selva sembrada por el propio Señor,

una fresca mañana cuando pasó el diluvio,

el día que sus dedos,

moldearon su mejor creación sobre el planeta.

Aquí la fuerza desata un huracán de lluvias y de orquídeas,

llanuras de verdor cubren la tierra

donde se enroscan ríos y serpientes.

 

Vuelan los guacamayos, parlotean los monos trapecistas

mientras, río arriba surca una canoa

en la que van amándose Carlos Rumiche y su María,

seguros de que el río ha de traerles

junto a la cesta de peces, el hijo prometido.

 

Viva el hombre peruano,

al que no espanta la dura geografía

que Dios nos entregó como instrumento.

Sobre las conmociones cataclísmicas

que agitan los cimientos de los mares y la tierra

sembramos, desafiando terremotos, nuevas ciudades,

nuevas casas, las riegan las lágrimas transidas de las viejas,

de los huérfanos niños, de los hombres.

Nosotros somos súbditos del temblor y el terremoto.

  

También al huayco, a las inundaciones, las sequías,

le sabemos sus caras de miseria.

Sus derrumbes, sus vértigos de sangre,

les conocemos desde viejas edades.

 ¡Viva el Perú Carajo!

 

Y para todas esas camaradas desdichas,

hay un Pedro Quispe y una Juana Flores,

que a fuerza, de coraje, de sudor, de esperanza,

han atrapado un rayo enfurecido entre sus manos

y lo han hecho una estera de amor, un duro adobe,

ladrillo rojo, una vivienda rústica, una torre;

el perfil majestuoso de una iglesia,

un pueblo, una ciudad y una costa

o una sierra de continuadas urbes

que se levantan y caen sin miedo a nada.

 ¡Viva el Perú Carajo!

 

Para Sucche, comunero,

es este canto, este fuerte carajo estremecido

para sus caminos vecinales y su escuelita de tejas,

donde el hijo aprenderá qué es el Perú.

 

Vivan los artesanos, los mineros,

los duros labradores que no moran en Lima

y han hecho de la Luna,

un lamparín de esquivo kerosene,

encendido en el techo de los cielos.

 

Viva el hombre de chullo que solo come charqui

y bebe jarros de chicha, repletos de tristeza.

Viva su poncho rojo, sus cansadas ojotas,

su lánguido charango, las ubres de sus cabras;

el seno prieto y duro de sus cholas,

su leche tibia, llena de amor y vida.

 ¡Viva el Perú Carajo!

 

Para Aurelio Celada, caporal de la hacienda costeña,

es este canto de carbón y de uva negra,

como el mejor color de su pellejo.

Para el duro trajín que le reclama músculos de antracita,

firmes muslos para sus grilletes vencidos,

sus leyendas de arcángeles zambos, guitarristas,

marcadores de puntas, centro forward, soldadores de gallos,

cinturas de alcatraz y cajonero.

 ¡Viva el Perú Carajo!

 

Para tirar un carajo por mi patria,

le he pedido prestada su cristina de dril a mi hijo Alberto

y en la hebra de luz de un blanco cabello

de mi finada madre, lanzo el sonoro grito

que me nace de las venas,

con estruendo de vida,

clarinada del alba al cielo puro.

 

Para tirar un carajo por mi patria,

he levantado en sedición a las palomas,

garras de cóndor son ahora sus patas,

otrora delicado pistilo hoy convertido en lanza.

 

Este niño que toca una corneta en los desfiles de julio,

es Juan Mariño, es hijo de la estera, del barro y de la caña brava.

Es Juan Mariño, hijo de la barriada, sobrino del triciclo, primo del anticucho.

Sobre el lomo del cerro tirita fríos, tiene hambre,

en las manos y en las tripas

y aunque él solo es dueño de su uniforme comando,

es Juan Mariño, el que toca una corneta

en los desfiles de julio. 

Para tirar un carajo por mi patria,

préstame Juan Mariño la trompeta,

tu trompeta de bronce retumbante,

quiero lanzarle al mundo

un coro de trompetas.

 ¡Viva el Perú Carajo!

 

Oh río huraño. Oh seca pampa,

Oh larga costa, Oh Huascarán, Huandoy, nieves eternas.

Oh tranquilo molusco, cactus, piedra, Qencco,

Sacsayhuamán, Chavín, piedra de siglos.

Oh poncho, lampa, flecha, quena, choclo, nube, gaviota,

prestadme vuestras voces de siglos

para inundar de amor todo el paisaje.

 

Amo esta dura arcilla,

amo este crisantemo

y sigo enamorado del olor del romero.

Porque estas cosas viejas, conciertos de canarios,

cuadernos de dibujo, helechos y retratos esfumados

no conduelen mi vida, sino al contrario,

alientan las sudadas camisas de mi paso

y en la beligerancia de todas las batallas

afirman este grito:

 ¡Viva el Perú Carajo!

 

¡Viva el Perú!, mi patria,

y sobre todo este rectángulo

que es mi única propiedad sobre la tierra,

donde los huesos de mi madre

dicen aun sus rezos preferidos,

sus preocupaciones.

 

¡Viva el Perú!, mi patria, la de mi hijo,

de mis amigos buenos, la mujer que me ama,

mi provincia, mi derruida casa.

 

Y cuando los diarios digan:

el Perú perdió en fútbol,

el Perú país pobre,

vino otro terremoto,

se secaron los ríos,

se enlodan los políticos,

bajó el sol, se perdió la cosecha,

repicaremos desde el fondo de los huesos,

el grito poderoso de los hombres de esta tierra,

cargada de coraje y de optimismo para decir,

¡Viva el Perú Carajo!... ¡Viva el Perú Carajo!

¡Viva el Perú Carajo!... ¡Viva el Perú Carajo!

¡Viva el Perú Caaaraaaaaaaaajoo!

  

CANTO A GRAU

CANTO A  GRAU

(Juan Ríos)

 

Yo canto al héroe y a la muerte del héroe,

yo canto a Grau, Comandante del Huáscar,

Capitán de al agonía, triunfador del desastre.

 

Loados sean en él, todos los héroes de la tierra,

los que escuchan las sirenas de la sangre

cantando en sus oídos,

los que caen del lado de la vida en los fracasos,

los que son cual olas que se estrellan

en las rocas del infinito,

los que miran a la derrota

con la misma sonrisa viril que a la victoria,

los que aceptan morir de pie,

sin preguntar por que motivo,

los que saben jugarlo todo en una sola carta inexorable,

los que no ignoran que la nada es fiel amiga,

los que si no pueden vencer matan la muerte en su cadáver,

los que anhelan ser un yunque para que golpee su destino y cante.

 

 

Esta no es una marcha fúnebre,

un lamento vencido,

esta es una marcha triunfal,

para los que sucumben en sus puestos,

para los marinos que mueren erguidos

sobre sus puentes de mando,

para los broncos tripulantes

que yacen en los sepulcros del mar,

para los que escuchan en silencio

las campanas del fondo de las aguas,

para los que muerden su angustia,

como una dulce fruta envenenada

Para los que escuchan en silencio

las campanas del fondo de las aguas,

para los que muerden su angustia

como una dulce fruta envenenada,

para los que aceptan el beso de la fatalidad

sobre la frente.

 

Es hermoso ganar como quien pierde,

vivir como quien muere,

pero es mas hermoso aún,

perder como quien gana, morir como quien vive,

caer de bruces de la altura,

porque basta un minuto, un latido de las venas,

una voz de la garganta o los cañones,

basta un instante bello para justificar la vida,

basta un ademán de gloria para justificar la muerte.

 

La suprema embriaguez no se detiene,

los que la alcanzan deben morir bajo sus alas,

está madura su alma para la eternidad terrestre.

El Monitor es pequeño, pero el Océano es grande.

 

Yo canto al Huáscar, ave que trinaba en los peligros;

yo lo canto de hierro y madera enrojecidos,

con su afilada proa cortando las tempestades del odio;

yo lo canto en su imponente grandeza humana,

rocinante marino, arremetiendo contra rebaños de olas,

contra molinos de estrellas que el alba triste asesinaba.

 

Yo canto a Grau, cara al futuro en su apoteósica derrota,

Almirante del Perú por los siglos sucesivos;

Yo lo canto, huérfano de la patria en mar adverso,

abandonado hasta la entraña en brazos del destino;

yo lo canto en su hora tremenda,

bajo la suave luz de la mañana,

solitario de la gloria en su función social de pararrayos;

yo lo canto de pie en su acerada torre acribillada,

de pie en esos reflejos en que se parte en dos la vida;

Oh, corsario de los débiles,

Oh, desamparado señor de la esperanza,

Oh, blindada agonía, oh, hermano de los mares,

Oh, severo hijo de la cruz del sur en las audaces correrías,

Oh, fidedigno caballero de la razón en pleno vértigo,

Oh profundo estoico entre las aves y los vientos marinos,

Oh, sapiente, oh estratega de la muerte

dominada en los combates, intuyendo en esas noches

en que la lucidez como un cuchillo corta,

que dura menos alcanzar la victoria que haberla merecido.

 

Yo no canto el odio estéril, ni el recuerdo del odio,

pero canto a la fraterna sangre de los héroes

y evoco a mi Almirante en el metal azul del cosmos.

El mar choca en las playas, pero la muerte es infinita.

 

El bello perder el cielo para ganar la tierra,

no anhelar mas ebriedad que la de la sangre,

mas resplandor que el fuego propio;

y es hermoso también, cara a la vida,

navegar serenos por las tormentas del odio,

por las artificiales tempestades de la guerra,

sin protestar si caen contrarios, los dados del destino.

 

Oh Almirante del Perú, oh supremo fulgor de las tinieblas,

yo quisiera alumbrar para cantarte,

las sendas obscuras de mis venas,

y gritar triunfal esas palabras que nacen en el corazón

y mueren niñas al llegar a los labios que las buscan;

porque hacía falta tu sangre,

tu sublime sangre derramada,

para mirar de frente a la derrota vestida de apoteosis

y cubrir de larga gloria, el gran fracaso iluminado.

Salud, salud a Grau, tan antiguo y presente,

caballero sin tacha y sin miedo entre la roca y la muerte,

águila del mar que la serpiente marina aprisionara.

 

El alma no duele cuando los labios cantan,

era un hombre para la paz nacido,

su mano era cordial y suave su sonrisa;

no era alto de estatura, hablaba poco,

pero amaba a su paisaje de tristes arenales,

a su desolado país entre el océano y la selva acorralado.

 

 

 

Fue marino porque así lo quiso el mar,

su palabra era firme como una lanza,

blanca y directa como una espada;

hacía siempre lo que había que hacer,

cumplía órdenes a fuer de gran señor, sin discutirlas nunca;

sabía apreciar al enemigo,

admiraba el valor en cualquier parte,

recogía a los náufragos, saludaba a los vencidos,

se conmovía de puro hombre por los otros,

era severo y justo con los suyos,

iba a la guerra como a un baile con la muerte.

 

Con todas las causas perdidas del mundo a cuestas, sin decirlo,

poniendo en singular, muchas plurales angustias acalladas,

Nadie sabía si le pesaba o no en el corazón

su destino de acero, “corazón de flor” se hubiera dicho,

“corazón iluminado”;

pero él llevaba clavado

algo así como picos de cuervos en el pecho

y algo implacable como un sepulturero,

ahondaba el surco debajo de sus ojos,

porque el amaba la vida como todos

y sufría al mirar cada vez más muerta a su Esperanza. 

 

Arando el mar para sembrar semilla heroica,

peleaba el Huáscar la mañana final de Punta Angamos,

enardecido, estoico, sereno, solo, humeante,

acorralado, entre el cielo y la costa acorralado,

al tope la bandera coronada de estrellas de pólvora caliente;

quien dijo, quien, que la muerte es solo una,

que la muerte se entrega así nomás al primer venido?,

quién dijo, quien dice aún, quién dirá mas tarde,

que las victoria valen siempre más que las derrotas?

 

Buen tapete es el mar para los dados del destino,

buena arboleda el Huáscar para el hacha de las llamas,

para los férreos, potentes e invulnerables

acorazados de Chile, leñadores del Pacífico,

talando el templado bosque náutico.

 

Yo saludo y canto a la curtida tripulación del Huáscar,

a los inconcebibles hijos del fuego

que el agua verde enamorara,

a los sucesivos oficiales que la muerte fue nombrando capitanes,

a los furiosos hombres del cañón y de las jarcias,

a los insomnes vigías ateridos

y a los sinfónicos esclavos del infierno,

los membrudos fogoneros que soñaba el viento libre.

 

Yo no lloro la tragedia de Angamos, yo lo canto:

el barco es pequeño y el océano es inmenso;

pero la muerte es mas grande y lo contiene todo.

 

Estaba sublime el mar

cuando sus cabellos llegaron a la muerte.

ODA PINDARICA A MIGUEL GRAU

ODA PINDARICA A MIGUEL GRAU

(José Gálvez)

 

Frente al océano ¡ OH Grau!,

semidiós lleno de bondad humana,

te evoco como a un gran pénate lírico:

y al evocarte, ¡OH gran señor del mar!

los mitos y los símbolos florecen

y se encarnan en henchidas imágenes radiantes.

 

No son mentiras vacuas,

ni son fantasmagóricos alardes

esas figuraciones tutelares:

la leyenda, la historia y la gloria y la patria

que, por ellas,

un hálito divino  infunde en lo pasado  vida sacra,

y a las cosas que fueron las salva del olvido;

un  hálito divino, que hincha las palabras,

como velas de barcos atrevidos

que van al infinito.

 

Puede la vida triste irse como una sombra,

pero quedan, de las almas sublimes,

el resplandor y el eco de vibración perenne,

que rescata en una sagrada  resurrección,

a los hombres que encarnan ,

en misiones eternas, ideal y abnegación..!

 

Locura de poeta, creencia popular,

son las que captan el mensaje

que se vuelve a cantar,

cuando en la hora trágica

la carne de los héroes se hace polvo

y el alma vuela al cielo para lucir eterna,

como una estrella tutelar,

de esas que marcan  camino de la tierra

para el mortal que pasa,

ruta celeste para el mortal que ha de durar.

                                                    

Y así—OH Señor de nuestro mar

al evocarte vienen con nuevos atavíos

las antiguas estampas.

No son mentiras, no, los símbolos,

la leyenda, la historia, la gloria y la patria.

 

Fuiste la encarnación del sacrificio,

fuiste la encarnación de la esperanza,

y como Cristo bien sabías que te sacrificabas.

 

Como a un gran corazón,

iba hacia ti la sangre de la patria,

que su dolor sentía en tu dolor,

que por ti palpitaba, y que confiaba en ti su salvación.

 

Todo lo fuiste tú, todo, en un instante:

la epopeya, el ensueño, la audacia y el misterio,

lo incomprensible y casi inalcanzable

con que esperaba redimirse un pueblo.

 

La Patria, tu tal vez como nadie, lo sabías, la forjan

los que sufren, los que luchan, los que se sacrifican;

que en el surco del pueblo,

el sacrificio es la única semilla que hace brotar la flor del patriotismo.

Tu fuiste así; por eso son eternos

tu nombre y tu recuerdo.

En la tremenda hora de patriótica angustia

ibas sobre las ondas como un ave silente

en formidable empeño de aventuras

desafiando a la muerte y a la suerte,

y tras tu frágil nave, como un viento propicio,

iba el cálido aliento con que seguía tu ilusión tu pueblo.

 

Nunca tuvo una estela mas luminosa un barco,

como la estela que dejó tu nave,

ni jamás las estrellas alumbraron

a un buque solitario,

de más pura y romántica osadía,

como al romanticismo de tu barco,

retoño nuevo de caballerías.

 

Viejos, niños, mujeres,

tus campañas seguían como en sueños,

y se echaban al vuelo, por tu nombre,

las líricas campanas.

 

Señor de la sorpresa,

recorrías impávido las costas enemigas.

Absorta te contemplaba y aclamaba América,

-flores de damas, ritmos de poetas—

y hasta la vieja, indiferente Europa,

depuso su soberbia ante tu gloria.

 

De las galeras que cantara Homero,

de los pueblos feacios,

tu nave fue sublimación airosa;

veloz y silenciosa como un sueño,

caía como un rayo, se iba como una sombra.

 

Ensoñación del mar en flor de hazaña,

era mito, milagro, fantasía:

maravillosa mezcla de caballero y de fantasma,

sorprendía, apresaba, combatía.

 

Tu eras la Patria, sobre el mar, bajo el cielo

y mas allá del horizonte,

y unías la leyenda y el cantar al ejemplo

como un nuevo Quijote.

 

Reflejo azul de una bondad divina,

por ti la roja guerra tuvo,

hundías barcos, salvabas vidas;

aún al enemigo diste amor,

y entre la sangre y la metralla,

puro pasaste el alma erguida por la mano de Dios.

 

Y como con la Patria te uniste y confundiste,

y eras un paradigma de heroísmo sin par,

a tu lado tuviste gallardos paladines;

pero la realidad te perseguía acechando tu ideal.

 

Duro el destino,

castiga y premia a los que osaron mucho:

los castiga en la carne y en la tierra y en el tiempo fugaz,

y los premia en el alma y en la gloria y les da eternidad.

 

Como tu par, insigne Bolognesi,

tenías que caer  por nuestras culpas

y para ser ejemplo,

porque el destino escoge las víctimas mas puras,

y así redime castigando pueblos

en el dolor de los que son mejores.

 

¡Tenías que caer!

Y en un dantesco círculo de fuego

se consumó tu sacrificio cruento.

 

¡Tenías que caer!

Como en un mito griego,

se hizo de sangre todo el horizonte,

y se alzaron como unos semidioses

los que contigo al holocausto fueron.

 

¡Tenías que caer!

 

¡Se hizo de sangre todo el horizonte,

pero el mar como nunca, fue color de laurel

"HOMENAJE A GRAU" DECLAMADO POR TOLOMEO

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